Pasion F1
¿CUÁNTO VALE REALMENTE UN PILOTO?
El piloto como inversión.
Hubo un tiempo en que la pregunta fundamental para evaluar a un piloto parecía relativamente sencilla:
¿Qué tan rápido es?
Después llegaron otras preguntas inevitables.
¿Sabe desarrollar un automóvil?
¿Es consistente durante toda una temporada?
¿Gestiona correctamente los neumáticos?
¿Comprende técnicamente el comportamiento del coche?
¿Puede adelantar?
¿Puede defender una posición?
¿Es capaz de ganar bajo presión?
¿Puede convertirse en campeón del mundo?
Todas esas preguntas continúan siendo fundamentales. La Fórmula 1 sigue siendo una disciplina de élite y ningún proyecto serio puede ignorar indefinidamente el talento.
Pero la Fórmula 1 contemporánea ha añadido silenciosamente otra serie de interrogantes:
¿Cuántos seguidores tiene?
¿Qué mercado representa?
¿Cuántas camisetas puede vender?
¿Qué patrocinadores puede atraer?
¿Qué audiencia puede movilizar?
¿Qué repercusión genera en medios y redes sociales?
¿Qué historia puede construirse alrededor de él?
¿Puede convertirse en embajador internacional de la escudería?
¿Encaja dentro de la estrategia comercial de la marca?
Y entonces aparece una realidad mucho más compleja:
dos pilotos con un rendimiento deportivo parecido pueden tener valores empresariales extraordinariamente diferentes.
Uno puede representar un país considerado estratégico para los patrocinadores. Otro puede poseer millones de seguidores capaces de generar una enorme interacción digital. Otro puede resultar especialmente atractivo para determinadas marcas. Y otro puede tener una personalidad, juventud, nacionalidad o historia personal alrededor de la cual resulte posible construir una narrativa internacional.
El piloto deja entonces de ser evaluado únicamente como deportista.
También comienza a ser evaluado como activo comercial.
Su casco tiene valor publicitario. Su uniforme tiene valor publicitario. Sus entrevistas generan exposición. Sus redes sociales producen alcance. Su nacionalidad puede abrir mercados. Su imagen puede asociarse a automóviles, relojes, moda, tecnología, bebidas, servicios financieros y decenas de productos.
Incluso su historia personal puede convertirse en parte del producto.
El joven prodigio.
El veterano que se niega a desaparecer.
El heredero de una tradición automovilística.
El representante de un enorme mercado nacional.
El piloto latinoamericano capaz de movilizar a millones de aficionados.
El futuro campeón que una escudería pretende construir desde muy joven.
Todas esas narrativas poseen valor emocional, pero también valor económico.
CUANDO EL CRONÓMETRO YA NO ES EL ÚNICO JUEZ
Aquí comienza una cuestión especialmente delicada.
Porque el cronómetro continúa siendo brutalmente objetivo: una vuelta tiene un tiempo determinado. Una clasificación establece posiciones. Una carrera entrega puntos.
Pero el valor comercial no funciona de esa manera.
Un piloto puede terminar quinto y generar mayor repercusión mundial que quien terminó tercero.
Puede tener menos puntos y vender más productos.
Puede no ser todavía campeón y, sin embargo, convertirse en una figura publicitaria extraordinariamente poderosa.
Incluso puede resultar estratégicamente importante para la expansión de una escudería o de la propia Fórmula 1 hacia determinados mercados.
Por eso, cuando una organización analiza a un piloto moderno, probablemente ya no contempla únicamente cuánto puede aportar dentro del automóvil.
También importa cuánto puede representar fuera de él.
Y esa transformación merece ser observada con cuidado.
No porque exista necesariamente algo ilegítimo en ella. Las escuderías son empresas, necesitan ingresos y dependen de patrocinadores, fabricantes y socios comerciales.
El problema aparecería si alguna vez la ecuación se invirtiera:
si comenzara a importar más cuánto vale un piloto fuera del automóvil que lo que es capaz de hacer dentro de él.
EL PILOTO COMO INVERSIÓN
Existe además otra diferencia importante.
Una escudería puede considerar a un piloto joven no solamente por lo que representa actualmente, sino por aquello en lo que puede convertirse.
Puede invertir durante años en su formación, academia, preparación física, simulador, pruebas, comunicación e imagen.
Cuando finalmente llega a Fórmula 1, ese piloto ya no representa únicamente un asiento.
Representa una inversión acumulada.
Y cuanto mayor sea esa inversión deportiva, económica y publicitaria, mayor puede ser el interés de la organización en proteger su desarrollo, construir una narrativa alrededor de él y convertirlo en uno de los rostros de su futuro.
Esto introduce inevitablemente preguntas difíciles cuando existen dos pilotos dentro de la misma escudería.
¿Son siempre evaluados exclusivamente por sus resultados?
¿Puede uno representar un proyecto estratégico de mayor duración?
¿Puede una organización considerar comercialmente más conveniente convertir a determinado piloto en campeón?
¿Hasta dónde llega la igualdad deportiva y dónde comienza la estrategia empresarial?
No existe una respuesta universal. Cada equipo, contrato y circunstancia son diferentes, y sería irresponsable afirmar favoritismos sin evidencias.
Pero las preguntas son legítimas porque la Fórmula 1 moderna es simultáneamente una competición deportiva y una industria multimillonaria.
EL NUEVO VALOR DE UN PILOTO
Quizá por eso hoy resulta imposible responder a la pregunta “¿cuánto vale un piloto?” mirando solamente la clasificación.
Su verdadero valor puede estar compuesto por muchas dimensiones:
talento, velocidad, consistencia, capacidad técnica, resultados, edad, proyección, nacionalidad, audiencia, patrocinadores, personalidad, imagen, seguidores y potencial comercial.
Y aquí reside probablemente uno de los mayores cambios respecto al romanticismo de otras épocas.
Antes imaginábamos al piloto como un hombre al que una escudería entregaba un automóvil para descubrir hasta dónde podía llevarlo.
Hoy sigue siendo eso.
Pero también puede ser una marca dentro de otra marca.
Un deportista.
Un embajador.
Un generador de audiencia.
Una plataforma publicitaria.
Una inversión.
Un mercado.
Y, finalmente, un producto extraordinariamente valioso dentro de la gigantesca industria que se ha construido alrededor de la Fórmula 1.
Nada de esto elimina necesariamente el mérito deportivo.
Pero sí modifica el ecosistema dentro del cual ese mérito debe sobrevivir.
Porque cuando se apagan las luces del semáforo, todavía queremos creer que desaparecen los estudios de mercado, las campañas publicitarias, las estrategias de posicionamiento y los millones de seguidores.
Queremos creer que durante esas dos horas solamente quedan veinte pilotos, veinte automóviles y un cronómetro.
Porque ese cronómetro no sabe quién vende más camisetas.
No conoce nacionalidades.
No cuenta seguidores.
No firma contratos publicitarios.
No entiende de mercados estratégicos.
Solamente mide quién fue más rápido.
Y quizá precisamente por eso continúa siendo el último juez verdaderamente romántico de la Fórmula 1.
José R Coll.
