Sin categoría
La FIA: el regulador se ha convertido en el principal problema de la Fórmula 1.
- Existe una diferencia enorme entre cometer errores y generar desconfianza.
Los errores son inevitables. Ocurren en cualquier deporte, en cualquier categoría y bajo cualquier reglamento. La desconfianza, en cambio, es el resultado de una acumulación constante de decisiones deliberadas nefastas y contradictorias, criterios variables y explicaciones insuficientes e injustificables que terminan erosionando y desmontando la credibilidad de quienes tienen la responsabilidad de impartir justicia deportiva. Vaya que justo son.
Y ese es precisamente el punto en el que se encuentra hoy la FIA o, como es llamada a nivel planetario la maFIA.- La Fórmula 1 presume de ser la máxima categoría del automovilismo mundial. Cuenta con la tecnología más avanzada del planeta, con ingenieros brillantes, pilotos extraordinarios y equipos capaces de invertir cientos de millones de dólares para competir al más alto nivel. Sin embargo, una parte creciente de la conversación posterior a cada carrera ya no gira alrededor del espectáculo en pista, sino el mediocre nivel de ética alrededor de las decisiones de los comisarios.
- Eso debería preocupar profundamente a la FIA; si acaso le importa.
- Porque cuando el árbitro se convierte en protagonista, algo está funcionando gravemente mal.
El Gran Premio de Barcelona volvió a dejar una sensación abismalmente amarga entre miles de aficionados. Franco Colapinto realizó una actuación brillante donde demostró talento, carácter y determinación. Luchó en pista, defendió posiciones y consiguió un resultado que debía ser analizado desde el punto de vista deportivo. Sin embargo, nuevamente la atención terminó secuestrada por una decisión administrativa, baja y ruin.
Y la indignación no nace únicamente de la sanción.
La indignación nace de las injusticias, la inconsistencia y la incompetencia.
Lewis Hamilton y Franco Colapinto fueron investigados por situaciones similares. Ambos fueron sometidos al análisis de los comisarios. Ambos quedaron bajo evaluación. Sin embargo, el resultado fue taxativamente diferente.
Hamilton fue absuelto.
Colapinto fue castigado, punto. No hay nada más que discutir. Así decidimos y así se queda.
Y es aquí donde la FIA tiene un problema enorme.
Porque cuando dos pilotos son investigados bajo circunstancias comparables y terminan recibiendo tratamientos distintos, la carga de la explicación recae completamente sobre el organismo regulador; sin dudas. No basta con publicar un documento técnico. No basta con emitir un comunicado burocrático. No basta con refugiarse detrás de tecnicismos reglamentarios.
Las preguntas siguen siendo las mismas: ¿Dónde está la ecuanimidad? ¿Dónde está la uniformidad de criterios? ¿Dónde está la consistencia que debería caracterizar a una institución encargada de garantizar la igualdad competitiva?
La FIA exige confianza mientras produce decisiones que alimentan graves dudas.
Y esa es una combinación explosiva.
Porque la confianza no se decreta. - La confianza se GANA, repito, se GANA.
Y cada resolución polémica aleja un poco más a la institución de ese objetivo.
El problema ya no es una carrera. Ya no es una sanción. Ya no es un piloto.
El problema es la FÍA.
La percepción creciente de que las reglas parecen extraordinariamente claras cuando se trata de castigar a unos, pero sorprendentemente interpretables cuando se trata de favorecer a otros.
Quizás la FIA considere injustas estas críticas.
Quizás sus dirigentes crean que todo se reduce a aficionados inconformes e ignorantes .
Pero ignorar la magnitud del problema sería un error garrafal y monumental.
Miles de seguidores ya no discuten únicamente las decisiones. Discuten la credibilidad de quien las toma y porque.
Y cuando una institución reguladora llega a ese punto, se enfrenta a la peor crisis posible. No una crisis reglamentaria.
No una crisis administrativa. Una crisis de credibilidad y más grave aún, de legitimidad. - Resulta especialmente preocupante observar cómo la FIA parece responder a estas controversias con una mezcla de autosuficiencia y distancia. En lugar de generar transparencia, genera más interrogantes. En lugar de disipar dudas, las multiplica. En lugar de fortalecer la confianza, alimenta sospechas.
La consecuencia es devastadora para la imagen del campeonato sin lugar a dudas.
Interesante conocer las posturas tanto de la F1 cómo de Liberty Media ante la avalancha de cuestionamientos contra el desempeño de la FÍA ya que los aficionados son los que pagan sus boletos y el espectáculo debería generar ganancias .
Cada sanción discutida se convierte en un nuevo motivo de confrontación.
Cada decisión contradictoria fortalece el escepticismo.
Cada explicación insuficiente y gris profundiza la fractura entre la FIA y una parte inmensamente importante de la afición.
Mientras tanto, equipos y pilotos parecen resignados a convivir con un sistema que muchos consideran impredecible. – Que lamentable y bochornosa imagen.
Y quizás esa sea la parte más preocupante de todas.
La normalización.
La normalización de las decisiones polémicas, injustas, preferenciales, obscuras e incoherentes .
La normalización de los criterios variables. La normalización de las controversias permanentes.
La normalización de que cada carrera termine con más debates sobre despachos que sobre adelantamientos.
La FIA debería recordar que su función no es controlar el espectáculo. Su función es protegerlo. No está para convertirse en protagonista. Está para garantizar que los protagonistas sean los pilotos. No está para sembrar dudas. Está para generar certezas. No está para debilitar la confianza en la competición. Está para fortalecerla. - Ha llegado el día en que los aficionados han concluido que la interpretación de un reglamento pesa más que el talento, habilidad y condiciones demostrado en pista, la Fórmula 1 ha comenzado a perder una de las cualidades que la convirtió en el deporte más fascinante del mundo: la convicción de que los resultados se ganan compitiendo ( sudor y pista) y no sobreviviendo a decisiones incomprensibles sobre un escritorio con aire acondicionado y palomitas de maíz mientras observan las carreras. Y ninguna categoría, por grande que sea, puede permitirse el lujo de perder esa confianza. Los pilotos y sus escuderías son los que pueden frenar ahora, a tiempo, la incompetencia, las preferenciales y nauseabundas decisiones de este organismo. José Coll
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